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DÍA INTERNACIONAL DEL DETENIDO DESAPARECIDO

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El 30 de agosto se conmemora en todo el mundo el dìa del detenido desaparecido. Es una fecha que concita a la reflexión, producto de la historia más reciente de nuestro continente latinoamericano. La fecha fue establecida en el 2011 por la Asamblea de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) pero no como un episodio intacto que se pueda clavar en el calendario de las tragedias humanas, sino más bien como preventivo de una práctica dinámica de ordenamiento social y cultural del poder establecido por las fábricas del terror, antes con las dictaduras y el terrorismo de Estado, hoy mediante métodos más sofisticados y complejos a nivel global.

La ONU define esta condición en cuanto a una persona que sea “arrastrada, detenida o trasladada contra su voluntad, o que resulte privada de su libertad de alguna otra forma por agentes gubernamentales de cualquier sector o nivel, por grupos organizados o por particulares que actúan en nombre del Gobierno o con su apoyo directo o indirecto, su autorización o su asentimiento, y que luego se niegan a revelar la suerte o el paradero de esas personas o a reconocer que están privadas de la libertad, sustrayéndolas así a la protección de la ley”; para nosotros es una ocasión para profundizar el conocimiento sobre los motivos que permitieron llegar a los hechos que se verificaron en las décadas de los 60, 70, 80 en todo nuestro continente y vincularlos con lo que sucede hoy.

Sin dudas las desapariciones tienen una dimensión individual de lo que estos hechos generan en los familiares de las víctimas, pero también hay un efecto colectivo de escarmiento en la conciencia social, que pretendió desmovilizar todo intento de organización política, toda búsqueda de liberación, autonomía o soberanía bajo un Estado terrorista, o con prácticas equiparables.

Hacer presente la ausencia, emplazar siluetas en la intervención del espacio público, cargarle a la metáfora de lo que nos falta como sociedad toda la cuenta de las luchas colectivas de una generación; y con ella, tantas otras de aquí, pero también de esta patria grande de ayer y de hoy, ha sido la tarea de organismos defensores de los derechos humanos, con las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo como ejemplo de casi cuatro décadas de lucha. Y luego, a partir de la presidencia de Néstor Kirchner, estableciendo políticas de Estado, inaugurando un proceso de juicios contra genocidas, como así también de concientización desde todas las áreas de la comunidad, y de reparación formal del valor de la memoria, verdad y justicia.

30 mil se estima la cifra de desaparecidos argentinos, 400 los nietos que aún falta restituir su identidad. ¿Cuantós seres humanos nos arrebataron en la frontera mejicana? ¿Cuántos niños y niñas desaparecen por el comercio de la trata de personas con fines de explotación sexual o laboral? ¿Quiénes son las víctimas nuevas de los desplazamientos forzados, de las guerras inventadas, de la ocupación infame en Gaza? ¿Dónde están esos hombres y mujeres que ejercieron el oficio de periodistas en Honduras? ¿Quién se pregunta por los pibes de las barriadas que han sufrido violencia institucional en sus cuerpos que no aparecen para contarlo? ¿Por dónde andan los estudiantes  desaparecidos en Ayotzinapa? Con solo mencionar al Plan Colombia, las letras impresas lagrimean por esas comunidades campesinas rehenes del conflicto armado entre paramilitares y la violencia del ninguneo. ¿Quién se hará cargo de los niños peces del África que escupe la Unión Europea en las playas paradisíacas del Mediterráneo? ¿Tendrán hambre, estarán enfermos, tendrán frío? ¿Cuándo y quién los devolverá al mundo intactos para seguir creciendo y construyendo futuro?

Es más fácil convertir en datos históricos tanto dolor, pero nos urge hacerlo carne en los fueros internos de cada uno, antes de que sea demasiado tarde para la vida.

Si bien la ONU contabiliza hoy, 54 mil casos de este tipo en el mundo, el titular Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas o Involuntarias de Naciones Unidas, el argentino Ariel Dulitzky, afirma que “es solo la punta de un iceberg”.

La tarea pendiente será siempre objetar esas nociones en las que las grandes potencias mundiales pretenden encerrarnos, para dejar de identificarnos desde las dimensiones humanas, para transformarnos en mercancías, en existencias transables en medio de este sistema económico cada vez más salvaje, sumido a la viabilidad o factibilidad financiera según la suerte en gracia que nos tocó en el pedacito del territorio en que nacimos.

La desaparición forzada ha tenido lugar según cada contexto, un genocidio, un exterminio, una masacre, muchas, cientas de miles, pero solo se concreta o se hace efectiva cuando desaparecen de nuestra memoria esas huellas, esa historia, esa implicancia. Este ha sido el mandato de los países firmantes de la Declaración, salvo Estados Unidos, Gran Bretaña, Suiza, Noruega, Suecia, Finlandia, Italia, Australia, Canadá, Dinamarca y Grecia.

Los 30 mil compañeros detenidos desaparecidos argentinos son un símbolo de la resistencia frente a la última dictadura cívico militar que buscan su lugar en el proceso de “memoria, verdad y justicia” comenzado desde el 2003 a esta parte. Hacerlos presentes siempre en la labor transformadora es y será la tarea militante de los organismos de derechos humanos, movimientos sociales y políticos de todas las extracciones democráticas de la república para una victoria definitiva de los pueblos.

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